Ph.D, Christian Sibaja Fernández - Universidad CENFOTEC

Ing. Christian Sibaja Fernández, Ph.D.

Yo también le quiero cambiar el nombre

 

El día de ayer me encontré con una noticia que, más allá de la política y de la tecnología, me provocó una pregunta profundamente humana. Donald Trump impulsó que el Gobierno de Estados Unidos comenzara a utilizar la expresión “Super Intelligence” en lugar de “Artificial Intelligence”. Su argumento parte, entre otras cosas, de que la palabra artificial puede sonar a falso o poco auténtico. La propuesta ha generado discusión porque “superinteligencia” ya posee un significado técnico distinto en el campo de la inteligencia artificial.

Pero, al leer la noticia, pensé algo muy sencillo: yo también le quiero cambiar el nombre. Solo que por una razón diferente. Mi duda no está tanto en la palabra artificial; está en la palabra inteligencia.

A veces usamos una palabra durante tanto tiempo que dejamos de preguntarnos qué significa. Inteligencia viene del latín intelligentia, relacionada con intelligere: comprender, discernir, captar. Incluso en algunos contextos suele explicarse desde la imagen de inter-legere, “leer entre”: distinguir lo que no aparece a simple vista, encontrar sentido, comprender relaciones.

Y ahí nace mi inquietud: ¿eso es exactamente lo que hacen los sistemas que hoy llamamos inteligencia artificial?

No hay duda de que realizan cosas extraordinarias. Relacionan enormes cantidades de información, reconocen patrones, generan textos e imágenes, programan, analizan y nos ayudan a resolver problemas. Pero cuando decimos comprender, entramos en un territorio mucho más complejo. Una persona comprende desde una historia, desde su cuerpo, sus emociones, vínculos, experiencias y una conciencia de sí. Un sistema artificial procesa, relaciona, infiere y genera, pero no vive su conocimiento como lo vive una persona.

Por eso me resulta sugerente otra expresión: cognición artificial.

Cognición proviene del latín cognitio, relacionado con cognoscere: conocer, reconocer, llegar a conocer. El término pone menos énfasis en una supuesta equivalencia con la inteligencia humana y más en los procesos: recibir información, relacionarla, identificar patrones, inferir y producir respuestas. Quizá “cognición artificial” (CA) sea una forma más prudente de describir lo que tenemos delante (pienso yo).

Y hay algo más: artificial no significa falso. Una prótesis es artificial y es real. Un satélite es artificial y es real. Una computadora es artificial y es real. La cognición artificial también es real; sencillamente no es humana. Esta diferencia no la hace inferior ni superior: la hace distinta.

Tal vez ahí esté una de las claves para nuestra relación con la tecnología. Durante años hemos formulado una pregunta como una competencia: ¿la inteligencia artificial sustituirá al ser humano? Humano contra máquina. Profesional contra algoritmo. Docente contra tecnología. Pero quizá esa sea la pregunta equivocada.

A mí me interesa mucho más esta: ¿qué puede llegar a ser una persona cuando aprende a integrar correctamente estas nuevas capacidades?

Desde hace algún tiempo, en la Universidad CENFOTEC trabajamos con la idea de inteligencia aumentada. Para mí, el ser humano del presente no se potencia únicamente por saber usar herramientas digitales. Se potencia cuando integra tres dimensiones: su inteligencia técnica (lo que sabe y sabe hacer), su inteligencia emocional (cómo se conoce, se autoregula, comprende y se relaciona con otros) y ahora esta nueva capacidad de trabajar con sistemas que me gusta llamar, de cognición artificial.

Podría expresarlo así:

Inteligencia técnica + inteligencia emocional + cognición artificial

=

inteligencia aumentada.

Incluso podríamos resumir otra parte de la idea en una fórmula sencilla: CH + CA = C+. Cognición humana más cognición artificial produce una cognición aumentada. No porque ambas sean iguales ni porque una sustituya a la otra, sino porque pueden complementarse.

La persona aporta contexto, propósito, experiencia, responsabilidad, criterio ético, emoción y sentido. La cognición artificial aporta velocidad, capacidad de procesamiento, reconocimiento de patrones, simulación y generación. Cuando ambas se encuentran de manera consciente, no obtenemos a un ser humano disminuido, sino a un ser humano con nuevas posibilidades; un ser humano aumentado.

Por eso sigo creyendo en una frase que he repetido muchas veces: “Nadie te va a sustituir. Te vas a aumentar”. No significa negar que habrá trabajos, profesiones y tareas que cambiarán. Significa que el verdadero desafío no consiste solamente en aprender a usar una herramienta, sino en aprender a integrarla sin entregar aquello que nos corresponde decidir como personas.

Y entonces vuelvo al nombre. Si yo pudiera elegir, probablemente no hablaría de superinteligencia. Preferiría hablar de cognición artificial, porque esa expresión me ayuda a colocar las cosas en su sitio: la máquina no arriba, la persona no abajo. La tecnología al lado, como copiloto, amplificador y herramienta de expansión.

Quizá lo más importante de cambiarle el nombre no sea encontrar un acrónimo mejor. Tal vez sea obligarnos a hacernos una pregunta mejor: no si las máquinas llegarán a ser más inteligentes que nosotros, sino qué clase de seres humanos queremos ser cuando nuestras capacidades pueden ser ampliadas por ellas.

La tecnología puede aumentar lo que somos capaces de hacer. Pero el para qué, el para quién y el hasta dónde, siguen siendo preguntas humanas. Y mientras no renunciemos a ellas, el centro debe seguir siendo la persona.

Christian Sibaja es Director de Empoderamiento y Vinculación con IA de la Universidad CENFOTEC. También es coach en inteligencia emocional, certificado por la MHS. Todas las opiniones pertenecen al autor del artículo.